Sobreanálisis I: El anuncio del Sorteo del Gordo de Navidad 2014

Hoy inauguro una sección que pretendo que se convierta en una constante del blog. Se tratará de elegir un tema (película/serie/cosa) y analizarla desde mi enajenado punto de vista. Tenía algunas ideas en mente pero empezaré por el anuncio de la lotería de este año 2014, que bien lo merece:

Seguro que ya todos lo habéis visto y la verdad sea dicha, resulta una clara mejora respecto al del año pasado. No obstante, eso no quita que de este año contengo un horror más serio, profundo y manipulador.

La historia que se nos presenta es bien simple: En Valdepeñas del Chorlito ha caído el gordo, y en el barrio todos andan muy contentos. ¿Todos? ¡No!  Un hogar poblado por el irreductible Manuel resiste todavía y siempre al invasor… El pobre Manu tuvo la desfachatez de no comprar el décimo, siendo el único que se ha quedado sin el tan ansiado dinero. Menos mal que su fiel Antonio el del bar le ha guardado un décimo. Eso es generosidad, si señor.

Hasta aquí todo correcto, ahora pasemos al meollo. Podemos sacar varias conclusiones, siendo la primera que todos los que compraron la lotería son felices, mientras que quién no adquirió el décimo ahora se encuentra llorando de impotencia. Excepto por que esto es una situación tan probable como cuando en cierta película usaron un mosquito y una rana para obtener…

Una ranita, iba caminando, ajá, ajá...

Una ranita, iba caminando, ajá, ajá…

A la mínima que hagamos cálculos veremos que para que toque el premio donde vivimos no hemos de tener suerte, no, hemos de hacer un pacto sacrílego con alguna entidad demoníaca. Y aún que toque cerca, no hay un sólo número en venta, ¡hay centenares en cada zona! Así que el pensamiento de muchos todos los años es el siguiente: es muy difícil que toque, pero si no juego y toca me arrepentiré, así que compro. Y ¿cuál número? Pues uno de cada o incluso un par, no nos dejemos uno y toque ese. Y dile a tu cuñado que trabaja en Oviedo que te traiga otro de allí. Y este tipo de pensamiento este año pretenden acrecentarlo con este anuncio.

Pero espera que ahora se pone peor, pues el segundo mensaje es aún peor. Si somos un Antonio de la vida y tenemos un amigo que no quiere lotería (¡locura!) seguro que le hacemos muy feliz si le guardamos un boleto. Precioso, pero una vez más las probabilidades de que toquen son casi nulas, ¿Qué pasará cuando le diga a mi amigo “Me debes 20 euros” del boleto de lotería”? Seguramente me recordará amablemente que él dijo que no quería lotería y luego nos enzarzaremos en una amable charla discusión.

Si juntamos las dos cosas nos daremos cuenta que como siempre, la gente que ignora la lotería cada año, este seguirá ignorándola seguramente. En cambio la gente que es jugadora, que tiene costumbre de comprarla, o que son influenciables, gracia a este anuncio puede que compre más que nunca, tanto para si como para otros que no la pidieron.

No os lo toméis a mal, no quiero que por mi culpa no compréis el boleto de turno y al final resulta que era el número premiado. Solamente quiero haceros ver, o recordaros, que la publicidad tiene mucha más influencia en el espectador de la que muchos creen.

El Síndrome de Rapunzel

Esta curiosa afección, llamada así por el famoso cuento de los hermanos Grimm, tiene en realidad poco que ver con la historia que todos conocemos. Se trata de un tipo de pica, un grupo de trastornos en la conducta alimentaria en el que se ingieren sustancias no nutritivas.

Rapunzel, obviamente no sufría el trastorno al que dio nombre.

Rapunzel, obviamente no sufría el trastorno al que dio nombre.

En el caso concreto del síndrome de Rapunzel lo que el sujeto devora compulsivamente es su propio pelo. En el ámbito académico recibe el nombre de Tricofagia y sorprendentemente se estima que afecta a uno de cada cien individuos.

Existe además un trastorno similar llamado tricotilomanía, consistente en arrancarse (de cuajo, ouch!) el propio pelo. Esta conducta acaba por provocar entre otras muchas cosas, calvicie crónica.

Se trata en realidad de dos trastornos bastante unidos, ya que un tercio de los sujetos que sufren tricotilomanía acaban por sucumbir también a la tricofagia. Por lo general, estas conductas van de la mano de otros trastornos psíquicos tales como la depresión o la ansiedad, incluso encontraréis estudios que los relacionan con el maltrato psicológico.

Este síndrome no sólo es desagradable, si no que tiene graves consecuencias en la salud de quién lo sufre. De hecho algunos síntomas que pueden advertirnos de que alguien lo está sufriendo son: Dolor abdominal, náuseas y mareos, falta de apetito, vómitos y sangrado o perforación intestinal. Una de las consecuencias más curiosas es la formación de tricobezoares, un tipo especial de bezoar formado por pelos (¡Deteneos, no lo busquéis en Google Imágenes!)

Los Bezoares cáculos (minerales) que se forman en el intestino o estómago de un animal o persona. Antiguamente se creía que servían como antídoto contra el envenenamiento y algo de verdad hay en ello pues curiosamente el tricobezoar puede anular algunos efectos del arsénico.

Así que aquella historia en The Sandman era cierta...

Así que aquella historia en The Sandman era cierta…

Los tricobezoares se forman debido a que el pelo no se digiere demasiado bien (que se lo digan si no a los gatos) de forma que este obstruye las paredes del estómago y los intestinos. Este pelo se va acumulando junto a otros materiales hasta que forma una pelota. Es una suerte que hoy en día un rápido examen médico pueda detectar estas dolencias y extraerlas con relativa facilidad con cirugía.

La empatía de ficción (I)

Aquel que encuentre este blog (cuéntame cómo porque estoy francamente sorprendido) puede que ya sepa que es la disforia. O puede que no. En todo caso dudo que sepa nadie a que viene lo de disforia ancestral, más que nada porque me lo he sacado de la manga, elegido entre otros posibles títulos para el blog, a cada cual peor.

Procedo a explicaros que es eso de disforia. Este término se refiere generalmente a  una emoción desagradable o molesta, como pueden ser la tristeza o la ansiedad. Es el opuesto a la euforia, término con el que estaréis más familiarizados.

También es notable su presencia en todo tipo de trastornos psíquicos, aunque no hace falta padecer uno para sentir un estado disfórico. De hecho podemos asegurar que no hay persona en este planeta que no haya sentido los efectos de alguna emoción disfórica. Y he aquí lo que me interesa del concepto, pues no todo es negativo en lo que a emociones disfóricas se refiere.

Normalmente, podemos intuir como se siente el otro gracias a sus expresiones faciales, entre otras cosas.

Normalmente, podemos intuir como se siente el otro gracias a sus expresiones faciales, entre otras cosas.

Pensemos en las veces que hemos presenciado como otra persona se sentía triste, o tenía miedo. La mayoría de nosotros al momento nos sentimos también mal, vemos reflejado ese sufrimiento en nosotros, al menos si se trata de una persona que nos importe. Como ya sabréis todo tiene que ver con un proceso llamada empatía, que se define como la capacidad para percibir lo que otro individuo siente en un contexto determinado.

La empatía tiene evidentemente su función. Se trata de un poderoso mecanismo que nos cohesiona como grupo. Las sociedades humanas jamás hubieran existido tal y como las conocemos si no hubiera sido por la empatía. Con ella, nos solidarizamos con el prójimo, haciendo de su problema nuestros problemas.

Bien, hasta aquí todo claro, pero ahora añadiremos un nivel más de complejidad. Nuestra sociedad se ha convertido poco a poco en una sociedad comunicada tecnológicamente, lo cual nos lleva a dos efectos curiosos, aunque hoy sólo hablaremos de uno de ellos. El primero es, que al estar comunidades globalmente, podemos empatizar con individuos al otro lado del globo terráqueo. Esto nos pasa cuando vemos catástrofes en la televisión, o se nos recuerda la situación en las zonas más desfavorecidas del mundo.

Pero por si esto fuera poco, ocurre otro fenómeno derivado de la empatía, que si lo pensamos fríamente, resulta de lo más extraño: hablo de la empatía por personajes ficticios.

A la hora de la verdad, resulta que nuestra mente está tan preparada para ello, que sentimos lo que los otros podrían sentir incluso en casos en que somos conscientes de que en realidad ni siquiera existen.  Algunos ejemplos archiconocidos:

Algunos buenos y malos recuerdos.

Y esto nos lleva a esas veces en que odiamos o amamos a personajes de ficción con intensidad tan grande que llegamos a veces a enfadarnos con quienes no piensan como nosotros. En lo que respecta a nuestra percepción emocional, hay personajes ficcticios que son más reales que algunas personas de verdad. Y ese es uno de los temas que voy a ir tratando poco a poco en este blog. Será un pequeño experimento, a ver a donde nos lleva.