Cuando la obsesión ataca

Para muchos llegan unas fechas de alegría y jolgorio, en cambio para otros estas mismas fechas son motivo de mala leche y ganas de empezar a soltar mamporros.

Es la hora de… ¿los regalos?

Leyendo el otro día una interesante entrada de otro blog, acerca del lobo interior que a veces pugna por salir de nosotros, me vino a la cabeza la sensación de opresión social y las consecuentes ganas de agredir al prójimo que a veces nos asaltan, aunque por suerte como seres civilizados no solemos emplear la violencia como norma. A mi por ejemplo me entran ganas de zurrarles a los que ponen la música en su móvil a toda pastilla, ya sea en la calle, el bar o sobretodo en el tren. Se ve que desconocen el concepto auriculares.

Y como siempre me gusta irme a los extremos, os quiero hablar un poco de lo que pasa cuando nos ha tocado en suerte un cerebro que quiere que agredamos a los que nos rodean, lo cual por cierto puede pasarnos por muchos motivos, por ejemplo en ciertos tipos de Trastornos de la personalidad o en Trastornos mentales graves como ciertas esquizofrenias. Como siempre, no está de más recordar que antes de juzgar a alguien por su enfermedad es mejor primero entender su enfermedad y la propia persona.

Vale, ahora un pequeño experimento. Observad vuestro alrededor, sea vuestra habitación, la parada del bus o vuestra clase de pociones con Snape. Seguro que hay un montón de objetos, bolígrafos, el ratón del PC, una lámpara, una papelera, etc. Vale, lo más normal es que si veis un bolígrafo, aunque sabéis que potencialmente puede ser usado como arma, vuestro primer pensamiento será que sirve para escribir. Pero ahora imaginad que por alguna razón, alguna afección mental os impele a invertir esas ideas: vuestro primer pensamiento es que es un arma, y el segundo que sirve además para escribir. Lo mismo se aplica para el resto de objetos, el cable del ratón puede estrangular, una lámpara es una arma contundente bastante efectiva, etc. Imaginad como es vivir así, teniendo como primer pensamiento que todo es un arma. Y eso no es lo peor, si los objetos son armas… las personas son potenciales objetivos. Esto puede suceder por ejemplo si se sufre un TOC obsesivo puro y coincide con ideaciones violentas, pero estos pensamientos pueden ser generados por muchos otros trastornos.

¿Tenéis miedo? No deberíais. Al fin y al cabo está lleno de gente que por un motivo u otro podría actuar de forma violenta en cualquier motivo, y la gente que sufre uno de estos trastornos suele recibir ayuda… lo cual es un alivio, por que ¡Imaginad como debe ser vivirlo en tus propias carnes! Como siempre, las verdaderas víctimas son quienes sufren el trastorno, pues han de convivir con sus pensamientos, al menos hasta que encuentren un tratamiento verdaderamente efectivo.

Cabe decir, que por suerte la mayoría de quienes sufren síntomas similares, jamás llegan a cometer actos más violentos de los que cometemos el resto, no obstante esto no hace menos terrible el tener que convivir con esos pensamientos. De hecho, la mayor parte de los quienes acaban cometiendo un asesinato, por ejemplo, no tienen estas ideaciones, más bien es que cuando han querido agredir no se lo han pensado mucho y simplemente lo han hecho. Como veréis es un problema muy distinto.

Este artículo podría haberse titulado perfectamente “por qué psycho pass jamás funcionaría en la realidad”

Otro dato interesante en estos casos es que no siempre hay una expresión física del trastorno. Imaginad que sufrís todo el estrés anteriormente citado, pero que exteriormente no lo expresáis, al menos no más de lo que un sujeto típico expresa su estrés en una situación tensa, como una reunión de trabajo. os daréis cuenta de que por ello los demás os tratarán como a cualquier otro, lo cual en un principio está muy bien, pero…

Lo siento, parece que siempre hay “peros” para todo. Sabemos que la gente puede ser muy cruel, así que imaginad que sufrís una crisis de ansiedad en medio de una clase, por ejemplo. Imaginad que cómo no, vuestros compañeros detectan que “eres diferente” y empieza un metódico proceso de exclusión. Imaginad que como nadie ha detectado que os pasa exactamente no se os ha diagnosticado (reconoced que debe ser difícil contar que clase de pensamientos pasan por tu cabeza). En resumen tenemos un cóctel explosivo, peligroso sobretodo para el afectado.

A todo esto se añade normalmente la incomprensión de quién sufre el trastorno. De la misma forma en que es muy típico que alguien que sufra una depresión no sea consciente de la misma y por tanto no reciba tratamiento hasta que ya es demasiado tarde, es igualmente común que un sujeto que padezca los síntomas hasta ahora mencionados tampoco sepa que le sucede, no reciba tratamiento y pueda pasar cualquier cosa.

No son extraños los intentos de suicidio. Hemos de pensar en el efecto que tiene sobre el individuo no poder librarse de los pensamientos agresivos, que aunque no se lleven nunca a cabo, ahí están, siempre… Visto así no es difícil de entender que se tomen decisiones tan drásticas. Por ello es importante un diagnóstico temprano y certero, como siempre.

Por supuesto, hay varias maneras de enfocar el problema una vez tengamos un diagnostico. Una de ellas es la medicación, otra es la terapia cognitivo-conductual u otras para eliminar los pensamientos agresivos. Como siempre digo hay un lugar y momento para cada cosa, y un mal tratamiento puede hacer más mal que bien. Intentar eliminar las ideaciones agresivas puede acabar siendo muy perjudicial y además, imposible. Es como aquello de “No pienses en un elefante rosa”. Ups… Sin embargo si que es posible mantener un control sobre dichos pensamientos y minimizarlos.

¿Será normal que este sea el elefante rosa que me viene a mi a la cabeza?

Obviamente, en cada caso un tratamiento específico será el más adecuado, y eso nos lo tiene que indicar un especialista en la materia (cosa que por si alguien lo dudaba, no soy), pero en todos los casos hay un elemento que resulta necesario, el apoyo de nuestros allegados. Para ello es obvio que la gente debe saber que estamos pasando por un proceso difícil, pero resulta aún más obvio que es complicado explicar lo que es sufrir estos trastornos sin que haya malentendidos ni confusiones. Al fin y al cabo, decir “el otro día me vino a la cabeza que podría empujarte por la escalera” no parece la mejor de las ideas. Lo mejor es explicar las cosas como son, con todos los detalles que ayuden a que nos entiendan correctamente, así como aclarar las dudas que surjan. No es mala idea tampoco que nuestros padres, pareja, etc, nos acompañen al psiquiatra o terapeuta para que sea allí mismo le aclaren los detalles de que nos está pasando.

Por último, no quiero desalentaros pero los trastornos hasta aquí mencionados no tienen una “cura” definitiva. Nuestro objetivo será paliar sus síntomas, minimizarlos, pero nunca nos libraremos del todo de ellos. Tener una idea realista de lo que el tratamiento puede o no puede hacer es importante. Por ejemplo, las ideaciones recurrentes no suelen desaparecer del todo, si no que tienden a cambiar su forma. Imaginad que nos libramos de los pensamientos homicidas… puede que se vean transformados en otros de carácter sexual. El objetivo de la terapia será buscar un punto en que podamos convivir con la clase de pensamientos que nos sobrevienen, pero teniendo siempre en cuenta que no llegaremos a un punto que en que podamos olvidarnos del tratamiento. Algunos de los momentos en que suelen intensificarse los pensamientos obsesivos es cuando nos vemos sometidos a períodos de gran estrés, como cuando nos mudamos, tenemos un trabajo nuevo, exámenes, etc. Saber que en esos momentos eres especialmente vulnerable es una ventaja una vez has aprendido a combatirlos.

No puedo despedirme sin aclarar una cosa sobre las ideas obsesivas… pueden llegar a ser extremadamente intrusivas. Puede que te venga a la cabeza darle una patada a tu perro al que adoras, o puede que te asalte un miedo intenso a que te abduzca u OVNI a pesar de que racionalmente no crees en ellos. Gran parte de su peligro es ese, no importa lo que absurdo que sea, la idea salta a tu mente y ya está. Por suerte una vez que aprendemos a convivir con ellas, las ideas persisten, pero dejan de ser tan recurrentes y no nos amedrentamos ante ellas. No os rindáis, ni dejéis que el hombre lobo que tenemos todos dentro pueda con vosotros.

La empatía de ficción (II): Matanza Animada

Hoy vuelvo para seguir hablando sobre las relaciones que creamos con personajes ficticios, más específicamente de cuando la vida de estos personajes llega a su fin. Pensando sobre el tema, estuve pensando en aquellos personajes de los cuales recordaba más intensamente sus muertes. Es curioso porque la mayoría de ejemplos que me venían a la cabeza eran personajes de animación, así que lógicamente mi primer pensamiento fue que las muertes de estos personajes, al ser presenciadas mayormente en la infancia, son recordadas mejor… Pues no voy a decir que no, pero el caso es que investigando un poco encontré investigación reciente al respecto y los resultados sorprenden.

Por ejemplo, os sorprenderá saber que mueren el doble de personajes en películas animadas que en películas con actores de carne y hueso. ¡Y son asesinados el triple! Obviamente esto es una generalización, así que algunas películas de ciertos géneros suelen mostrar muertes a diestro y siniestro, pero aún así en general hay más muerte en las películas de dibujos.

Mucho se ha recordado la muerte de la madre de Bambi, pero la verdad es que entre películas Disney y animaciones sobre superhéroes, los padres tienen pocas probabilidades de llegar vivos al final. Especial peligro corren las madres de los dibujos, sobretodo en las películas más recientes…

Como niño que creció en los 90, y muchos me comprenderéis, Bambi no es el mejor ejemplo que se me ocurre. Mucho mejor recuerdo por ejemplo a Mufasa cayendo hacia una mortal estampida de ñus. Esta escena es bastante más dramática y explícita que la de la madre de Bambi, ya que en este caso vemos al ejecutor realizando su acto homicida. E incluso siendo un poco más mayor, la escena se vuelve más horrible cuando “entiendes” los motivos por los que Scar actúa…. contra su propio hermano.

La conclusión a la que llegan los autores de una investigación llamada Cartoons Kill es que los largometrajes animados presentan una cantidad similar de violencia a un film adulto promedio. Contando que los niños más pequeños pasan unas 32 horas de media cada semana viendo productos audiovisuales, resulta que están expuestos a mucha más violencia de lo que creen muchos. Esto puede resultar ciertamente traumático, pero no en el sentido de que se conviertan en adultos llenos de miedos e inseguridades, si no en que se insensibilizan a la violencia y creamos adultos… Bueno, ya sabéis como somos la mayoría de adultos.

Violencia, violencia por todas partes!

Bien, no quiero ponerme dramático, así que hablemos mejor de la clase de personaje que mueren, por que es muy distinta. En dos de cada tres películas animadas muere un personaje relevante, en cambio en las películas de adultos los que mueren son más habitualmente personajes poco importantes. ¿Y quienes hay más importantes que los padres? Ellos son los que tienen la diana pintada en la frente en las películas de dibujos. Además tienden a morir pronto, sirviendo como vehículo narrativo para la madurez del personaje. Ahí tenemos a los padres de Tarzán, o a la madre de Nemo (como ya hemos dicho, las madres corren especial peligro, pero de eso hablaremos otro día, pues hay mucho que rascar), en resumen los progenitores tienen cinco veces más posibilidades de no terminar la película en el mundo de la animación. Y ojo, que los padres no son los únicos que mueren más en estas películas, enemigos e incluso niños mueren más a menudo, mientras que en las películas para adultos la parca suele cebarse con el propio protagonista.

Por supuesto, seguro que a algunos les viene a la cabeza aquello de que los dibujos son cada vez más violentos…. ¡Error! El estudio concluye que el nivel de violencia se ha mantenido estable desde que en 1937 se estrenó Blancanieves.

Electrocutada, lanzada por un barranco y aplastada. Walt era más severo que un jurado de Texas.

Sin embargo, pese a todo lo negativo que he dicho, me gusta pensar que en las películas más elaboradas, la muerte es un recurso narrativo tan usado debido a su potencia. El impacto psicológico es tremendo, ya que primero nos hace querer a los personajes y luego nos los arrebata. Crea un sentimiento de pérdida que nos ayuda a empatizar con los personajes que han sufrido esa pérdida, normalmente los protagonistas. Por ello creo que el patrón se ha mantenido constante desde hace tantos años y creo que se mantendrá… excepto por algunos cambios que el dicho patrón está sufriendo últimamente. Pero de esto hablaremos otro día…

Leo Kanner y las madres nevera

Corría el año 1943 y Leo Kanner, un psiquiatra austríaco, describía a los afectados por el autismo como individuos que apenas se relacionan con sus semejantes, ensimismados y aislados emocionalmente. Aunque no fue el primero en darse cuenta de que algunos niños sufrían estos síntomas, si que tuvo el honor de ser el primero en diferenciarlos de la esquizofrenia. Bien, hurra por Kanner, ¿no? Pues como siempre, si y no.

Resulta que Kanner, para encontrar una génesis al autismo que no dependiera de la esquizofrenia, se sacó de la manga una teoría llamada de las “madres nevera”, aunque el término en realidad lo acuñó Bruno Bettelheim.

¿Las madres nevera producen hijos cubito?Si, algo así era...

¿Las madres nevera producen hijos cubito? Si, algo así era…

Anteriormente a los trabajos de Kanner se creía que los niños que presentaban el antes mencionado cuadro de síntomas padecían un trastorno emocional o bien un retraso intelectivo. Gracias a él se empezó a identificar al autismo como un trastorno separado y en realidad muchos de sus descubrimientos siguen vigentes a día de hoy.

Y ahora que ya he reconocido el gran impacto de sus aportaciones he de decir que no acertó en todo. Es más, parece que la lió bastante con el tema madres. En los primeros años de investigación del trastorno se describe como una afección emocional que se producía por una inadecuada relación afectiva entre el niño y sus padres. Se le llamó teoría de las madres nevera indicando la culpa de los progenitores al ser demasiado distantes, fríos, con su hijo/a. Concretamente parece que se le echaba la culpa a la madre, pues la idea imperante era que la crianza era cosa de ellas…

La teoría decía que este patrón de relación era lo que conducía al menor a desarrollar una personalidad anómala. El origen de la teoría reside en que Kanner la fundamentó en que sus pacientes venían de familias acomodadas, con padres con oficios tales como médicos, periodistas, artistas de éxito, etc. Kanner pensó que estos padres vivían demasiado ajetreadamente y enfrascados en sus profesiones como para tener tiempo para sus hijos.

Lo peor es que como ya hemos dicho la culpa recaía mayormente sobre las madres y se insistió largo tiempo en que estas mujeres no sabían como formar un vínculo de apego con los infantes. Por si no ha quedo claro, todo esto no se ha podido demostrar científicamente (pista: es falso!) y a partir del año 1963 se empieza a asociar el autismo con trastornos neurobiológicos… pero hoy en día aún permanece la teoría de las madres nevera en el “saber” popular.

¡Y eso que el propio Kanner vio en la década de los 50 que la teoría de las madres nevera no se sostenía! Se percató de que los hermanos de niños con autismo, criados con padres “fríos” no tenían normalmente problemas en su conducta y forma de relacionarse con los demás. Por ello escribió el libro “En defensa de las madres” donde intenta paliar el agravio provocado, aunque cabe recordar que el término “madres nevera” ni siquiera era suyo. De hecho ese es el problema, que Kanner supo aceptar su error, pero otros como Bettelheim siguieron blandiendo esta hipótesis (llamarla teoría se me antoja demasiado) pseudocientífica.

Bettelheim en toda su malignidad: Retrato al óleo.

Así que la próxima vez que oigáis a alguien decir sandeces de este calibre, ya tenéis datos suficientes para iluminarlos un poco.